ANSIEDAD
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Jesús Ruiz
En los últimos años cada vez se oye más
la palabra ansiedad en cualquier ámbito, desde las personas
particulares hasta los medios de comunicación, dándole un
sentido como de algo malo o algo inaceptable que debemos
evitar. Sin embargo, la ansiedad es una emoción normal que
forma parte de la reacción evolutiva de supervivencia, lo
que ocurre es que cada vez más, en nuestra forma de vivir
hay muchas circunstancias en las que la presencia de
ansiedad puede devenir en un trastorno psíquico, resultando
una mala adaptación.
Generalmente representa un estado de recuperación incompleta
de una serie de trastornos afectivos, por ejemplo, dentro de
la depresión hay una expresión llamada respuesta ansiosa que
alude a una persona cuya depresión mejora pero la ansiedad
generalizada, la inquietud, la tensión, el insomnio y los
síntomas somáticos persisten.
Pero no siempre es así. La familia, el trabajo, el dinero,
la salud e incluso la forma en que vivimos la vida, son
factores que provocan estrés y cuando este estado de tensión
lleva a una preocupación excesiva en estos ámbitos, aunque
no haya nada que parezca provocarlo, o bien a anticipar
catástrofes o consecuencias negativas, a no dejar conciliar
el sueño, no poder concentrarse o relajarse y nos impide
enfrentarnos al día a día sin que haya una causa objetiva
que lo justifique podemos pensar que tenemos un problema de
ansiedad. Además de lo anterior muchas veces también se dan
síntomas físicos, como pueden ser temblores, contracciones
nerviosas, nauseas, irritabilidad, tensión muscular, dolores
de cabeza y algunos otros.
En su vertiente clínica cuando hablamos aquí de un problema
de ansiedad nos referimos concretamente al Trastorno de
Ansiedad Generalizada (TAG) ya que hay muchos subtipos
dentro del espectro de los trastornos de ansiedad (trastorno
de pánico, fobia social, trastorno obsesivo-compulsivo,
etc.) que son muy fáciles de diagnosticar, puesto que los
síntomas son evidentes, mientras que en el TAG, éstos no lo
son tanto y, a pesar de resultar totalmente incapacitante
para quien lo padece, a este trastorno no se le ha dado la
importancia que tiene hasta tiempo reciente.
Los criterios que indican que se padece un TAG son según el
DSM IV (sistema diagnóstico de la Asociación Psiquiátrica
Americana): ansiedad y preocupación asociadas con tres o más
de los seis síntomas siguientes: inquietud o sensación de
estar nervioso, fatigarse con facilidad, dificultades de
concentración o quedarse con la mente en blanco,
irritabilidad, tensión muscular, desajuste del sueño
[dificultad para dormirse o seguir durmiendo o sueño
inquieto o insuficiente] con al menos algunos síntomas
presentes un número de días superior al de su ausencia
durante los últimos seis meses (en los niños sólo se
requiere uno de ellos).
Si la ansiedad llega a un nivel excesivamente alto se puede
producir la llamada crisis de ansiedad o ataque de pánico,
en la que la persona presenta (no todo el conjunto):
palpitaciones, sacudidas del corazón, sudoración, temblores
o sacudidas, sensaciones de falta de aliento o ahogo,
sensación de atragantarse, dolor o malestar torácico,
náuseas o molestias abdominales, vértigo, inestabilidad,
mareo o desmayo, desrealización (sensación de irrealidad) o
despersonalización, miedo a perder el control o a volverse
loco, miedo a morir, parestesias, escalofríos o sofocos.
Cuando se padece un ataque de pánico se contrae un miedo
exacerbado a verse en situaciones o lugares en los que, caso
de producirse una nueva crisis, no hay posibilidad de verse
ayudado o bien de poder escapar (agorafobia). Así mismo la
crisis puede derivar en fobia social, un trastorno que
consiste en un miedo persistente a las situaciones en las
que se debe interaccionar con otras personas. También puede
producirse por una clase de interacción en concreto, como
puede ser por ejemplo: relacionarse con personas de
autoridad o del sexo opuesto, mantener conversaciones, o
poder simplemente decir que no. Estas personas tienen un
gran sufrimiento ya que piensan que van a ser humilladas, o
bien que se les van a notar los síntomas físicos de su
problema: sonrojo, temblores y sudoración excesiva.
Según S. Fernández (revista gestalt n.º 18, pp. 17 y ss.)
dependiendo de la vivencia personal podríamos distinguir
tres clases de ansiedad:
Ansiedad depresiva. Surge ante la pérdida o posibilidad de
pérdida o separación, real o simplemente del afecto, de
figuras altamente significativas y está ligada a la
preocupación por el bienestar de los demás para poder
conservar el vínculo afectivo. Esta clase de ansiedad puede
ir desde la fatiga y el aburrimiento hasta la depresión
psicótica como extremo más grave, o, en el otro extremo,
hasta la euforia y la manía como un recurso ante al
abatimiento.
Ansiedad persecutoria o paranoide. Al contrario de la
anterior los demás no son vistos como figuras que brindan
apoyos, sino que generan una intensa desconfianza y resultan
amenazantes Desde esta forma de ver y pensar de los otros,
la tendencia es a la separación, al alejamiento. Se suele
dar en personas que tienen recuerdos o representaciones
mentales vergonzosas o dolorosas y también ante la fantasía
de ser atacado, al poner en los demás su propia agresividad.
También se da en situaciones de desconfianza.
Ansiedad confusional. Esta clase de ansiedad se vive como
una desorganización interna, con un intenso sentimiento de
confusión, de no entender ni comprender nada, de no saber
qué estímulos provienen del interior de uno mismo, de su
fantasía o bien del exterior. Puede aparecer en situaciones
de pérdida o de amenaza de pérdida, ante intervenciones
quirúrgicas peligrosas e incluso ante intervenciones
psicológicas que superen la capacidad de tolerancia de la
persona. Esta clase de ansiedad puede ser la más
problemática, pues así como en las otras dos sí hay un
posible discernimiento entre las cosas, aquí se pierden,
momentáneamente, las capacidades que ayudan a percibir,
organizar y comprender la realidad: la reflexión, la
capacidad de observar, la capacidad de preguntar, etc.
Para tratar los síntomas de la ansiedad se utilizan, cada
vez más, fármacos desarrollados originariamente para la
depresión, siendo la Venlafaxina XR el primer agente
aprobado tanto para la depresión como para la ansiedad en el
TAG. Los ATC (antidepresivos tricíclicos), aunque son de
efecto más lento, parecen ser incluso más efectivos que las
benzodiacepinas (Alprazolam —Trankimazin—, Clonazepan —Klonipin—,
Diazepan —Valium—, etc.) en el tratamiento del TAG.
Actualmente la Mirtazapina (Remeron) y la Nefazodona (Serzone)
han mostrado resultados positivos en este trastorno y se
están haciendo pruebas con la Paroxetina (Seroxat).
Sin embargo todos estos medicamentos tienen importantes
efectos secundarios y, lo que es más importante, no llegan
al conflicto psicológico que subyace a los síntomas. Es como
si ante un cuadro de fiebre se receta un antifebril y no se
busca la causa que la provoca. En muchas ocasiones es
necesario el uso de psicofármacos pero inmediatamente se ha
de ir a buscar el conflicto, esa situación que está causando
los síntomas, para lo que muchas veces, si no siempre, será
necesario un proceso terapéutico donde se puedan revisar,
con ayuda profesional, qué aspectos de su vida actual se han
vuelto disfuncionales, qué introyectos o creencias antiguas,
que en su momento pudieron servirnos, ya no nos dan las
respuestas adecuadas a las demandas actuales, qué asuntos no
hemos cerrado o no hemos resuelto en el pasado que nos están
pasando factura, esos proyectos que teníamos y no hemos
llevado a cabo aún y están haciendo que nos sintamos
frustrados e insatisfechos de forma permanente.
En la terapia gestáltica la ansiedad es considerada como la
respuesta somática que se da a algo que se encuentra
desintegrado en nuestro ser y lo que hace el abordaje
gestálico es tratar de descubrir qué emoción se encuentra
detrás de este síntoma con el fin de poder integrar las
partes alienadas. El terapeuta gestáltico acompaña a la
persona con ansiedad en este camino, ayudándole a que
encuentre el conflicto que provoca la angustia aquí y ahora
y así poder ponerle remedio. Es un proceso que llamamos “el
darse cuenta”.
Jesús Ruiz
BIBLIOGRAFÍA
FERNÁNDEZ WOLF, S. Revista Gestalt, n.º 18. (Pág. 17 y ss.).
1998.
M. STAHL, STEPHEN. Psicofarmacología esencial. Ed. Ariel.
2002.
SANDÍN, B; RAMOS, F; BELLOCH, A. Manual de psicopatología.
Ed. McGraw Hill. 2004.
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